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El ensayo en la cibercultura

Se lamenta con un lector Amando de Miguel en su columna de Libertad Digital "Palabras engañosas, palabras vitandas" de que uno de los vicios más horribles que caracterizan el mal uso actual del idioma español, el "infinitivo a pelo" o "infinitivo perezoso", ya aparezca en un texto legal.

El argot jurídico siempre se ha caracterizado por su formalismo arcaico y deliberadamente hermético para remarcar la distancia entre el pueblo y la ley. Nunca ha destacado especialmente por su calidad literaria o competencia lingüística. Por eso no me escandaliza que, una vez más, desde la ley se destroce el idioma a navajazos.

En una columna posterior "Cuestiones de gramática más o menos parda" insiste en el infinitivo "a pelo, introductorio, solitario, enunciativo, radiofónico, tarzánico o viudo" cuyo origen atribuye al "politiqués". Particularmente, apostaría por ubicar su origen en los modos y vicios de una en otros tiempos popular acaparadora de las mañanas televisivas natural de Málaga. Sin duda, la vulgarización procede antes de la rama periodística que de la política.

La aberración gramatical consiste en utilizar el infinitivo como verbo huérfano de sujeto e intención, cuando el infinitivo es y funciona como un sustantivo. Oír, que no escuchar, desde los micrófonos expresiones del estilo de "Solamente decir que..." o "También añadir que..." seguido con alta probabilidad de una sarta de navajazos a la gramática es doloroso para el tímpano.

Sabemos que tal uso del infinitivo es incorrecto porque no tolera un determinante, como en "el frotar se va a acabar". No se puede decir "Solamente un decir que..." ni "También el añadir que...". Lo correcto sería "Solamente (yo) puedo decir que..." o "También (yo) tengo que añadir que...". En fin, probablemente esta sea otra batalla perdida en buena compañía.

Pero entre estas columnas se desliza una auténtica joya, imprescindible por su perfecta sintonía y que recomiendo vivamente: “El ensayo en los tiempos internéticos”,  donde Amando de Miguel reivindica al pensador sobre el erudito y lo auténtico frente a la simulación.
 

Pare aquí, por favor, que me bajo

Ya he tratado este asunto, pero la noticia de que "El CIS sitúa a Podemos como tercera fuerza política" confirma los augurios. Vivimos inmersos en una situación compleja, policontextural, cuyo análisis escapa a la comprensión cabal incluso de los expertos. Es posible, empero, delinear tendencias generales. Por ejemplo, se puede asegurar que "podemos" no es una serpiente de verano, sino más bien un idolillo con pies de barro. Pero no se derrumbará sólo, ni mucho menos por causa del mejor control de los tiempos. Es necesario enfrentarlo. No combatirlo, porque eso conllevaría atribuirle una importancia de la que adolece. Pero sí plantarle cara para impedir que maniobre a su antojo, exponiéndolo a una dialéctica en la que, más pronto que tarde, trastabillará y se derrumbará como lo que es: un erial cognitivo.

La cuestión sobre las raíces del éxito de una forma tan manida de propaganda podría tener interés si aceptásemos como premisa que el hombre es un ser racional o un animal político, pero no parece ser el caso. El ligero barniz de la civilización no logra disimular su naturaleza visceral, que aflora con el menor contratiempo. Y por eso es tan fácil manipular a la ciudadanía. Por eso y porque ha sido convenientemente educada con ese propósito.

Pero no seamos presumidos, que la irracionalidad no es ni de lejos nuestra especialidad. En todas partes cuecen habas. Tomemos por ejemplo Italia: "La mafia excomulgada por el papa recibe homenajes en las procesiones". Está claro que la expulsión del "Reino que no es de este Mundo" ya no alcanza la influencia de otrora, lo que desvela los auténticos mecanismos subyacentes.

Otro ejemplo, un poco más remoto: "Un millón de dólares por capítulo para los protagonistas de «The Big Bang theory»". Linda paradoja la que otorga sobradamente a los bufones de la ciencia lo que cicateramente se niega a los investigadores de muy superior rentabilidad y mérito.

Queda demostrado que asistimos a un fenómeno global en el que no hay privilegiados. Vivimos en una sociedad enferma que supera cotidianamente su decadencia de la víspera. Y lo terrible no es siquiera si el problema tiene solución. Lo trágico es que, probablemente, ninguna solución sea aplicable.

¡Sal de mi cabeza!

A veces le damos demasiadas vueltas y no podemos parar, no se nos va de la cabeza: Es un pensamiento, un suceso, una persona... que se instalan y apoderan de nuestra mente convirtiéndonos en obsesionados rumiantes.
Cada ser humano es un mundo y todas las circunstancias son diferentes por mucho que se parezcan pero, si reflexionamos honestamente, encontraremos sentimientos subyacentes de temor, vergüenza o culpa. Reconocer y admitir las causas es un requisito para alcanzar una solución satisfactoria.
Cuando nuestros pensamientos se traban en un bucle ingrato del que buscamos una salida debemos reorganizar nuestras prioridades. El pensamiento recurrente bloquea la respuesta al atascarse en la deliberación previa a la toma de decisiones.
Podemos encontrar alivio provisionalmente con la técnica de la distracción, desviando la atención hacia alguna actividad convenientemente absorbente, como las tareas que exigen una atención moderada, con complicación limitada (es preferible cambiar de tarea a realizar una tarea demasiado compleja) y un poco de ejercicio físico prolongado. También puede servir alguna forma de meditación.
Una solución permanente, sin embargo, necesita mayor planificación, dedicación y esfuerzo.
Un primer paso es simplificar el problema, reducir los factores que intervienen, podar las alternativas que consideramos, desechar los peores escenarios…
Un segundo paso consiste en dividirlo en partes manejables e independientes en la medida de lo posible.
Cuando nuestra obsesión la causa un dilema, podemos cambiar nuestra posición o distancia con respecto a las alternativas, lo que puede conducir a una evaluación diferente de los pros y contras, o a una reponderación de los sentimientos en conflicto, ayudándonos a elegir.
También cabe la posibilidad de desechar todas las alternativas, algo así como hacer borrón y cuenta nueva. De esta manera reenmarcamos el problema, trocando el deseo por resignación. El inconveniente es que esta opción puede conducir a alguna forma de duelo.
Finalmente queda una solución drástica, aunque no siempre aconsejable, consistente en atajar el proceso cortocircuitando el conflicto, omitiendo la decisión y saltando directamente a la acción, lo que convierte toda deliberación en inútil.
 

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