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Las cuatro gracias de la vulgarización (I)

Estoy viendo ahora mismo una de esas pseudoentrevistas publicitarias que adornan los vergonzosos informativos que hoy en día. Por lo visto, un sujeto ha escrito otro libro y, en consecuencia, nos vemos condenados a presenciar un auténtico diálogo de besugos. El tema del libro es común y de sobras conocido, puesto que se trata del amor. El presunto autor balbucea respuestas insensatas como de costumbre. Sorprendentemente, el entrevistador insiste en seguir preguntando, lo que hace sospechar que no está sopesando las respuestas. Acaba resultando obvio que el relamido presunto no ha escrito el libro, lo que conduce a preguntarse cómo y por qué se ha convertido en el portaestandarte de la divulgación científica en nuestro país. Un narciso tan desmedido como injustificable no basta para explicarlo. Y tampoco es aceptable la consideración de que más vale cualquier divulgación que ninguna. La empresa de divulgar la ciencia es fundamental para el futuro desarrollo de cualquier sociedad y no debe abandonarse en manos tan excepcionalmente incompetentes. El mayor mérito de nuestra primera gracia de la vulgarización lo constituye su firme determinación a desplazar la competencia del primer plano de divulgación científica en nuestro país. Las catastróficas consecuencias para la juventud tardarán algunos años en evidenciarse. Entretanto, nada resta salvo añorar los excelentes divulgadores de antaño: Miravitlles, de la Fuente..., y es que de los de hogaño, nada se sabe porque el engolado, cual trombo, impide toda circulación.

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