Memética

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Sobre memes, memeces y memos

Richard Dawkins habla con un musulmán

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Huelgan los comentarios

Leyendas sobre Linux

Es natural que, en alcanzando ciertas edades provectas, quién más quién
menos disfrute de los comentarios de descendientes directos,
colaterales, políticos y espontáneos de diversa índole, que te dejan con cara de parvo al sentenciar
sobre temas de los que en apariencia lo saben todo.

El Nobel de la Paz

es, aún más que el de literatura, uno de los Premios Nobel más discutibles.

El mismo concepto es fácilmente cuestionable: Antiguos premiados como Arafat, Kissinger o Teresa de Calcuta no son especialmente prestigiosos.

El último galardonado, Al gore, no mejora precisamente el panorama.

Su aspecto de vendedor de coches usados de éxito, seductor y embaucador, apenas consigue disimular el hecho de que no es más que otra punta del iceberg, otro avatar del mismo lobby que controla el mundo convirtiéndolo en lo que es.

Las cuatro gracias de la vulgarización (III)

Vamos con el tercer as del póker, que es un individuo iletrado e inculto, de competencia lingüística deplorable, cargado de muletillas y de asombro hasta tal punto que apenas sale del mismo.

Su pasmo permanente confiere a su expresión y a su verbo, pese a la edad, los resabios de algún compañero que todos tuvimos y cuyo nombre invariablemente era Vicente.

Mientras habla de supersticiones y cuentos de viejas con su compañera fingiendo ambos no conocerse bíblicamente, les acompañan presuntas autoridades ostentando sin complejos su capacitación científica.

Sus programas en la radio y en la televisión y las colecciones que patrocina aún le dejan tiempo para escribir, o eso dice. Pero debe hacerlo en un estado alterado de conciencia o poseído por algún espíritu de fábula, porque su desempeño en pretendido directo y ausencia de guión se despeña con estrépito.

Como buena gracia y con mayor fundamento también nos hace añorar a los muertos.

Las cuatro gracias de la vulgarización (II)

Ya va siendo hora de tratar sobre el segundo as del póker. Si el primero vulgariza la ciencia, el segundo vulgariza la filosofía. El lector perspicaz puede sospechar a quién me refiero, porque ya he hablado sobre él. Este popular y multipremiado personaje es responsable de la oferta de una conocida editorial para lo que podríamos llamar el castañazo del otoño: la original y novedosa asignatura de "educación para la ciudadanía".

Este prolífico y multitemático autor domina temas tan diversos como Dios y el cristianismo, la ética, la dignidad y la felicidad (incluida la felicidad política). Sabe lo que es la vida, vivir y convivir; conoce la razón, el ingenio y la inteligencia, especialmente la creadora (hasta en el ámbito económico). No contento con dominar la cognición, también lo hace con los sentimientos y la sexualidad, siendo en consecuencia feminista y adalid de la ultramodernidad. Tampoco le resultan ajenos el lenguaje, la voluntad, el miedo y la valentía. En definitiva, es un completo para todo momento.

Admito que sólo he leído la obra comentada, pero lo considero suficiente porque su estilo de pensamiento me recuerda la vaselina, en especial la que se utiliza en dispositivos ópticos: siempre que se ajusten despacio y suavemente se deslizan como una seda, ofreciendo sin embargo una gran viscosidad ante ajustes más vivaces.

En fin, antes había filósofos y ahora están más de moda los teólogos disfrazados, como les llamaba Valle-Inclán. ¡Qué tiempos!

Dignidad ofendida

He vuelto a oírlo. Mejor dicho, lo he leído una vez más. Parece que suena bien y se repite. He de confesar, con cierto pudor, que yo mismo lo he utilizado. Se ha puesto de moda. Y es aquí donde saltan mis alarmas, que se disparan fáilmente con estos éxitos fulgurantes de la comunicación. Pero no interesa ahora el fenómeno, sino el caso; concretamente los enunciados del estilo de “tal cosa es un insulto para la/mi/nuestra inteligencia”.

Cuando suena mi alarma, me detengo unos instantes para sacudirme los polvos rancios que tiñen las primeras impresiones. Razonablemente desapegado intento dar un paso más allá de prejuicios y lugares comunes. Tras breve cavilación concluyo que el enunciado es estúpido y, por ende, contradictorio.

Las cuatro gracias de la vulgarización (I)

Estoy viendo ahora mismo una de esas pseudoentrevistas publicitarias que adornan los vergonzosos informativos que hoy en día. Por lo visto, un sujeto ha escrito otro libro y, en consecuencia, nos vemos condenados a presenciar un auténtico diálogo de besugos. El tema del libro es común y de sobras conocido, puesto que se trata del amor. El presunto autor balbucea respuestas insensatas como de costumbre. Sorprendentemente, el entrevistador insiste en seguir preguntando, lo que hace sospechar que no está sopesando las respuestas. Acaba resultando obvio que el relamido presunto no ha escrito el libro, lo que conduce a preguntarse cómo y por qué se ha convertido en el portaestandarte de la divulgación científica en nuestro país. Un narciso tan desmedido como injustificable no basta para explicarlo. Y tampoco es aceptable la consideración de que más vale cualquier divulgación que ninguna. La empresa de divulgar la ciencia es fundamental para el futuro desarrollo de cualquier sociedad y no debe abandonarse en manos tan excepcionalmente incompetentes. El mayor mérito de nuestra primera gracia de la vulgarización lo constituye su firme determinación a desplazar la competencia del primer plano de divulgación científica en nuestro país. Las catastróficas consecuencias para la juventud tardarán algunos años en evidenciarse. Entretanto, nada resta salvo añorar los excelentes divulgadores de antaño: Miravitlles, de la Fuente..., y es que de los de hogaño, nada se sabe porque el engolado, cual trombo, impide toda circulación.

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