Oliver Sacks: La isla de los ciegos al color

Oliver Sacks. La isla de los ciegos al color. Anagrama. Barcelona, 1999. 315 pág.

Oliver Sacks siempre se ha sentido atraído por las islas, esos «experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas». En su última obra, esta fascinación le lleva más lejos que nunca, a las remotas islas del Pacífico, donde concilia su afición a explorar el mundo real con su pasión por investigar el mundo de la mente. En esta ocasión abandona transitoriamente a los individuos y con herramientas no sólo de neurólogo sino también de antropólogo, investiga a grandes grupos de población que han sido condicionados por un defecto o una deficiencia física.

En Pingelap y Pohnpei, dos diminutas islas de Micronesia, una proporción muy elevada de la población es completamente ciega al color. Sacks, acompañado por un oftalmólogo y por un científico noruego que también ve el mundo en blanco, negro e infinitos grises, visita las islas e investiga la influencia que esta peculiaridad de sus habitantes tiene sobre la vida cotidiana y cómo se refleja en su cultura y sus mitos. En Guam, otra isla del Pacífico, existe una enfermedad neurodegenerativa que ha sido endémica en los últimos cien años. El lytico-bodig, como la denominan los nativos, se presenta a veces como una parálisis progresiva, que convierte a quienes la sufren en estatuas humanas; en otras ocasiones sus síntomas son parecidos a los del síndrome de Parkinson, acompañado de demencia. A pesar de años de investigación, esta enfermedad continúa siendo un enigma. Una hipótesis, nunca probada, la atribuye al consumo de harina fabricada con las semillas de la cicadácea, un árbol cuyo origen se remonta a la prehistoria y que siempre ha fascinado a los botánicos. Pero La isla de los ciegos al color es mucho más que la intrigante exploración de dos enigmas médicos; es también la absorbente crónica del viaje por unas islas que siempre se nos han aparecido como remotas y misteriosas, visitadas por Darwin y ocupadas por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Porque Oliver Sacks es la mejor prueba de que la casi siempre impenetrable división entre las artes y las ciencias podría no existir. Catedrático de neurología en una de las mejores escuelas de medicina, sus libros muestran un sólido y actualizado conocimiento científico pero también son narraciones apasionantes que atrapan al lector, y son siempre un vehículo para una audaz, original exploración de la condición humana.

«Como escritor de libros de viaje, Sacks está en la misma categoría que Paúl Theroux y Bruce Chatwin. Como investigador de los misterios de la mente, es absolutamente único» (Publishers Weekly).

«Una vez más, Sacks navega por los mares más salvajes y extraños de la experiencia humana» (Christopher Lehmann-Haupt, The New York Times). «Un libro científico que se puede leer como una fábula moderna y que nos emociona y conmueve como una novela» (Livia Manera, La Stampá). Oliver Sacks nació en Londres en 1933 y en la actualidad es profesor de neurología clínica en el Albert Einstein College de Nueva York. Es autor de los siguientes libros: Despertares, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Veo una voz y, publicados en esta colección, Migraña, Con una sola pierna, Un antropólogo en Marte y La isla de los ciegos al color.

(De la contraportada)

Edgar Morin: La Identidad Humana

Edgar Morin. La Identidad Humana. El Método V. La humanidad de la humanidad. Círculo de Lectores. Barcelona, 2003. 350 pág.

Reformar el pensamiento

El pensador Edgar Morin ocupa un lugar sin duda único en la his­toria del pensamiento occidental a partir de la Segunda Guerra Mundial. Sociólogo convertido en antropólogo y politólogo, en­sayista desde siempre -no sobre la vida de los demás, sino sobre él mismo-, es viajero, actor, conferenciante, periodista y también historiador (¡y qué historiador!).

Pero nada de eso le define en realidad, pues Edgar Morin es, en primer lugar y sobre todo, un gran pensador, un filósofo de vi­sión profunda, un hombre del siglo xvi europeo, un compañero de Pico della Mirándola, de Vico y de Giordano Bruno. Un hom­bre, en fin, que ha pasado por los peores horrores del siglo xx: to­davía joven, combatió el nazismo; militó en el partido comunis­ta, que abandonó rápidamente tras descubrir los crímenes del estalinismo y la patología de los estalinistas; se afilió a la demo­cracia «burguesa», aunque siempre denunció sus insuficiencias, y se convirtió en uno de los más virulentos críticos del colonialis­mo; comprendió, antes y mejor que nadie, la corriente antiauto­ritaria que comenzó a soplar a principios de los años sesenta en Francia y que iba a provocar la ruptura de mayo del 68, y elaboró una teoría donde mostraba sus límites. Estuvo también entre los primeros que predijeron el fin del marxismo y se dedicó, desde mediados de los setenta, a la concepción de un Método, que se de­sarrollaría hasta hoy en cinco volúmenes y cuya vocación es pro­porcionar a nuestra época una nueva forma de pensar. Al oírle hablar, le imagino respondiendo a Diderot, a Rousseau o a Hegel. Cuando lean este libro, se darán cuenta de que no exagero.

En el fondo, su objetivo sigue siendo el mismo que en los años cuarenta del pasado siglo, cuando inició su acción intelectual: re­formar el pensamiento, para que nuestra mirada y nuestro saber se muestren menos serviles con la unilateralidad, el esquematismo y la causalidad lineal. De Sócrates a Leibniz, de Hegel a Marx, de Sartre a Teilhard de Chardin, de Husserl a Heidegger, siempre se ha hablado de complejidad. Pero nadie había establecido una teoría sobre el tema. Nadie había cogido el toro por los cuernos. Morin lo hace, y el resultado es que se ha convertido en el pensador por excelencia del pensamiento complejo en nuestra compleja socie­dad. La identidad humana, que el lector tiene entre sus manos, vie­ne a ser la cumbre de este trabajo intelectual. Se trata del libro que, sin resumir todos los demás, de algún modo los lleva a su culmi­nación, pues es una reflexión sobre el cosmos y el hombre, el caos y el orden, la identidad y la no identidad, la sociedad y las pulsio­nes asocíales, la civilización y la barbarie, la democracia y el des­potismo, la libertad y la obligación. De hecho, este libro no preci­sa notas a pie de página que expliquen de dónde proceden las referencias de Edgar Morin. En sentido estricto, Morin no tiene re­ferencias, pues transforma todo lo que toca; todo lo digiere y, en el clarividente horizonte de su pensamiento, todo vuelve a ser nuevo. Una combinación de cultura, inteligencia y también gene­rosidad. Y es que Morin, pensador agudo y sensible como nadie a las heridas de identidad, respetuoso hasta el exceso con la singula­ridad de cada cual, es un autor profundamente clemente y miseri­cordioso, en el mismo sentido que los buenos padres de la Iglesia, de la casta de un Bartolomé de las Casas o de un san Vicente de Paúl, que hicieron de la misericordia y de la clemencia los valores centrales en la humanización del hombre. Y basta leer este libro para reconocer el alcance de estas palabras.

Más allá de todo eso, está el hombre de la vida cotidiana que subyace en este libro: el Morin amante de la vida, alegre ante la alegría de los demás, infeliz ante la infelicidad ajena, amante y compasivo; el Morin mediterráneo, cuyo pensamiento es tan bello y caluroso como el sol maravilloso y redentor del Mare Nostrum.

Nicolás Maquiavelo dijo que existen dos tipos de profetas: los que van armados y los que van desarmados. Pero olvidó un ter­cero: los que no necesitan ninguna arma para triunfar. Los que, simplemente, pertenecen a este mundo y creen en la verdad y la justicia. Al leer La identidad humana, uno se dice que tal vez, o in­cluso con toda seguridad, Edgar Morin nos esté guiando tras la es­tela de estos últimos.

Sami Nair (Director de la colección)

Las cuatro gracias de la vulgarización (I)

Estoy viendo ahora mismo una de esas pseudoentrevistas publicitarias que adornan los vergonzosos informativos que hoy en día. Por lo visto, un sujeto ha escrito otro libro y, en consecuencia, nos vemos condenados a presenciar un auténtico diálogo de besugos. El tema del libro es común y de sobras conocido, puesto que se trata del amor. El presunto autor balbucea respuestas insensatas como de costumbre. Sorprendentemente, el entrevistador insiste en seguir preguntando, lo que hace sospechar que no está sopesando las respuestas. Acaba resultando obvio que el relamido presunto no ha escrito el libro, lo que conduce a preguntarse cómo y por qué se ha convertido en el portaestandarte de la divulgación científica en nuestro país. Un narciso tan desmedido como injustificable no basta para explicarlo. Y tampoco es aceptable la consideración de que más vale cualquier divulgación que ninguna. La empresa de divulgar la ciencia es fundamental para el futuro desarrollo de cualquier sociedad y no debe abandonarse en manos tan excepcionalmente incompetentes. El mayor mérito de nuestra primera gracia de la vulgarización lo constituye su firme determinación a desplazar la competencia del primer plano de divulgación científica en nuestro país. Las catastróficas consecuencias para la juventud tardarán algunos años en evidenciarse. Entretanto, nada resta salvo añorar los excelentes divulgadores de antaño: Miravitlles, de la Fuente..., y es que de los de hogaño, nada se sabe porque el engolado, cual trombo, impide toda circulación.

Os Monicreques de Kukas

Promoción 82

30ª Conferencia Internacional de la SISR

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